Cada cierto tiempo, los hados se reunían para tejer y repartir los destinos de los mortales. Tomaban de una bolsa raída las vidas de los hombres y de otra, las maldiciones y bendiciones que les serían otorgadas.
Las tres, caprichosas, jugaban a esconder a cada hombre la naturaleza de sus dones y tormentos, condenándoles a una vida de búsqueda.
Y eso hacía nuestro hombre, buscar. En él, los hados habían enterrado muy profundo el misterio concedido desde su nacimiento.
Así que miró en lo más íntimo de sí mismo, comenzó su búsqueda y buscó. Cansado de no encontrar, decidió añadir capas de prueba a su alma. Quiso disfrazarse con la esperanza de encontrar sus dones y condenas en algún reflejo que sus entrañas juzgaran reconocible.
Y jugó. Jugó a ser un héroe, jugó a ser un villano, jugó a ser valiente y a ser cobarde, a ser inmenso y a ser pequeño, jugó a trascenderse y a desaparecer, a complacer y a ser complacido. Tantas pruebas, tantos disfraces, tanto cansancio.
Tras las capas ya no supo reconocerse y para encontrarse siguió jugando.
Pero las máscaras pesaban demasiado, dolían demasiado.
Una pregunta comenzó a punzarle el alma. Quizá no había nada que encontrar. ¿Cómo había sido tan engreído?. ¿Qué esperaba guardar dentro de sí?. Quiso sentir algún atisbo de derrota, pero sólo encontró vacío. Abandonó su búsqueda y esperó. Esperó que el tiempo diluyera sus máscaras como un ácido. Deseó que también pudiera hacerle desvanecer.
Un latido levantó su mirada, y allí estaban. Eran otros ojos que buscaban en los suyos. Siguió mirándolos. Cuando pudo ver, lo supo. Su búsqueda había terminado. En aquellos ojos estaban reflejados retazos de sus disfraces, vacíos de su alma y al fondo, como una llama tenue, su don. Rió rabioso por el tiempo perdido.
Una broma pesada. Quiso odiarles pero no encontró cómo. Los hados le habían otorgado un sólo regalo, el mayor de sus dones era el más terrible de sus tormentos.
Tenía la capacidad de asomarse al alma de los hombres. Cada vez que adivinaba el corazón de otro ser, éste se sentía tocado. Podía contemplar otras almas a través de sus ojos y su piel. Podía descubrir en ellos los dones y tormentos que les habían sido concedidos desde su nacimiento, los sentía resonar en él como hace una caja de música con las notas más graves. Sentirlo dolía y sanaba. Desgarraba y saciaba.
Los reflejos de otros iban conformando en él un caleidoscopio que le hacía sentirse más real de lo que nunca había sido. Se sentía lleno de sí mismo construido con retazos de otras almas.
Y siguió alimentando y alimentándose del alma de otros hombres, siempre buscando otros ojos.

Qué bella historia la del hombre sin nombre que se llenó de él mismo llenándose de los demás. Me encanta tu blog. Soy tu seguidora desde ahora para siempre.
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