sábado, 15 de octubre de 2011

El arbol de los deseos

Érase una vez que se era un árbol que concedía deseos a todo aquél que se los pedía. El gran roble presidía desde hace siglos un enorme claro en un bosque antiguo y vivo.  Sus deseos eran ilimitados, cualquiera que se acercara a él podía pedir y conseguir tanto como quisiera, deseos pequeños y enormes, deseos íntimos, deseos curiosos, deseos oscuros.  Su tronco rugoso olía a madera vieja y resina joven.  Sus hojas sabían bailar cada sonido que el viento proponía creando músicas que a veces  sabían a nana, a veces alegraban el alma. Sus raíces se extendían por todo el claro llevándole el alimento que lo mantenía con vida.  A su alrededor, yacían cientos de cuerpos sin vida entremezclados con hombres de ojos perdidos que, atrapados, recitaban sus deseos interminablemente. Se habían olvidado de vivir.

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