domingo, 23 de octubre de 2011

No podía soportarlo

No podía soportarlo, le golpeaba siempre la misma imagen. La asfixiaba. Pasaba en esa habitación todas las horas del día, todos los días de su vida, conocía todas y cada una de las manchas de las paredes. Cada día sus ojos seguían la misma rutina, se abrían al día buscando el brillo del aluminio a los pies de su cama, seguían la claridad que se colaba entre los cristales enrejados de la ventana, tan viejos y opacos que difuminaban la luz palideciendo hasta el más claro de los días. Los azulejos cubrían la pared hasta una altura que cada día intentaba adivinar, ¿quién decide hasta qué altura se colocan los azulejos? ¿habrá alguna normativa? Por supuesto, en este lugar siempre hay normas. No conseguía saber si la niebla que parecía cubrir la habitación era creada por el desgaste de la luz y el tiempo, o sus ojos habían enfermado de mirar las mismas esquinas. Sus pensamientos caminaban por su cabeza a paso lento, pero conocían el recorrido. A pesar de todo, le gustaba ralentizar este momento, aún no se oían todos esos sonidos que la aterraban, los pasos, las puertas, una radio lejana, los gritos, los silencios, los cerrojos, el sonido sordo que seguía a un corto crepitar. Ese era el sonido que más temor le producía, oía desplazarse por los cables la electricidad, imaginaba durante un momento quién estaría esta vez bajo los electrodos. Jugaba aterrada a este juego cada día, la voz del grito que llegaría después le daría el veredicto, reconocía cada voz, cada grito. Casi siempre. A veces sólo llegaba hasta ella un gorgoteo informe que no lograba reconocer.  Le horrorizó el día en que ilusionada creyó oír una voz nueva, la excitación que le provocaba la novedad la avergonzó terriblemente. Como cada día, en un gesto automático, apretó los puños para comprobar el tacto de las correas sujetando sus muñecas, como un autómata, repetía el movimiento con sus piernas hasta comprobar que el cuero también rodeaba sus tobillos. Sabía que seguirían allí, pero era parte de la rutina que la despertaba cada día al terror. Como todos los días, su respiración la abandonó durante un instante cuando escuchó pasos que se encaminaban hacia su habitación. Reconocía el ruido metálico de las llaves que entrechocaban colgadas del cinturón del enfermero. Esperaba el sonido del cerrojo que rascaba la puerta de hierro de la sala, su cuerpo se había acostumbrado a estremecerse un segundo antes de que ese sonido quebrara la quietud de su habitación. Temía al terror, temía al dolor, temía perderse, temía no volver a despertar, o tal vez no.


Sus parpados comenzaban a abrirse, antes de conseguirlo empezó a tomar conciencia de su cuerpo, sentía el colchón soportando su peso, sentía la tensión de sus músculos. Aún estaba paralizada y sudorosa por la espantosa pesadilla que aún atenazaba su cuerpo. Empezó a tirar de sus párpados. Había sido un sueño horrible. Al abrirse, sus ojos se toparon con el brillo del aluminio a los pies de su cama. No podía soportarlo.

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